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 El Automovil - Cuento

(Vicente Barbieri. 1903-1956)

Era fria la noche. Raul Montes seguia su viaje a pie, tan cansado, que de buena gana se hubiera sentado al borde de ese camino barroso y, al parecer, interminable. Consulto su reloj de pulsera: Las diez y diez de la noche. Un poco de viento. "En Agosto siempre", se dijo; "pero este agosto de 1954 parece ser unico en eso". Cuando estaba solo le gustaba hablar asi, puntualizando las cosas. "Que locura!", comento, riendose de su propio soliloquio. Todo igual: postes, postes y mas postes; campo pelado, frio, oscuridad.... y este viaje absurdo -y no de tanta urgencia- que habia emprendido pocomenos que con espiritu deportivo: seis leguas a pie. "Bien podia haber esperado el omnibus de mañana, martes", se reprocho.

Por fin comenzo a distinguirse el pueblo alla lejos: una masa negra a semejanza de un monte, del que sobresalia la torre de la iglesia y algun molino que otro. Siguio. "Un camino como para ir al infierno", comento en voz baja, y miro hacia ambos lados. A su derecha continuaba la monotonia del campo invernal y a su izquierda proseguian las vias ferreas: todo igual. Maldito el momento en que se le ocurrio que podia hacer el viaje a pie hasta ese pueblo que ahora se le escapaba cada vez mas!. "Sin duda tendre todavia un rato de chapalear barro", rezongo. "Buena idea la mia". Se dio a pensar que venia caminando desde hacia mucho tiempo; mejor dicho, creyo que no podia presisar cuando comenzo a caminar.

"Hace dos horas, poco mas o menos." Pero sus palabras le sonaron carentes de sentido real. Dos horas. Que eran dos horas?. Tiempo, distancia, caminar. Que?. Caminaba, ya cansado, y su cuerpo parecia caer interminablemente sobre ese cansancio, en ese camino pesado...

Alzo la cabeza y miro. Un bulto en el camino, como a quince metros. "Un auto detenido, sin duda", se dijo. "Algo pasa alli".

En efecto, algo parecia haber pasado. Cuando Raul Montes llego, los ocupantes del coche habian descendido, y, en silencio, contemplaban, con la seriedad desolada que es habitual en esos casos, el bulto negro del automovil parado en medio del camino.

En verdad, era un grupo interesante. Una pareja de recien casados y un hombre y una mujer de edad avanzada: cuatro personas en total. "Los padres de la novia, sin duda", penso Raul Montes.

Ella, aun con los atavios de la boda, y el todo de negro y con una ceremoniosa corbata blanca. "Caramba", se dijo, "pobre gente!".

Cuando se disponia a saludar y ofrecerse para lo que fuera menester, sono, lejana, perfectamente audible, en el aire helado de la noche, la campana de la iglesia del pueblo.

-Virginia -dijo el hombre de negro-, ya son las doce, y nosotros aqui todavia.

La voz del desconocido era opaca, lenta, un tanto cansada. "Las doce ya?", se pregunto Raul Montes, asombrado. "Con razon se me hacia largo el viaje; mi reloj debio pararse a las diez y diez".

Iba a rectificarlo, cuando oyo que el hombre de negro se dirigia a el:

-Seria usted tan amable, señor, que nos ayudara un poco empujando elcoche?

Por supuesto que si, porque Raul Montes siempre fue hombre servicial...por otra parte, le agradaba el asunto, que venia de pronto a romper la monotonia de su viaje. "Un poco recargado el traje de la novia", penso; "pero tal vez, se caso con el ajuar de la madre, o de la abuela". "Simpatica costumbre", se dijo.

Sin poder explicarselo (quiza el lugar, la hora o las circunstancias estas) sintio Raul Montes una extraña simpatia hacia aquella gente, cuyo auto habia tenido la maldita ocurrencia de descomponerse en medio del camino, en una noche asi, y nada menos que en viaje tan importante. Se dispuso, pues, a ayudarlos. Apoyo las manos en la parte trasera del automovil y espero a que los dos hombres unieran su esfuerzo al suyo; pero vio con sorpresa que los viajeros ocupaban sus asientos dentro dentro del coche, esperando, por consiguiente, que empujara el solo. "Caramba", murmuro. Pero, bueno, que iba a hacer? Comenzo pues, a empujar el automovil, que ahora, con un poco de disgusto le estaba pareciendo un cachivache viejo. Instalados, pues, los viajeros en su auto, Raul Montes procuro, con gran esfuerzo -la pesadez del camino hacia mas penosa la tarea-, impulsar el auto, que comenzo a moverse muy lentamente. Asi logro hacerlo avanzar unos metros. Se detuvo, fatigado. Del interior del coche no salia ni una voz, ni un rumor. Raul Montes siguio empujando solo, paso a paso, trecho a trecho, deteniendose cada tanto. La transpiracion le humedecia ya el cuerpo. "Que gente mas desconsiderada!", se dijo. "Bien podian haber ayudado; despues de todo, son ellos..."

En este punto una extraña idea lo sobrecogio. Se detuvo pensando. Vacilo antes de resolverse; pero luego se adelanto y miro hacia el interior del coche: alli no habia nadie, ni la pareja, ni el hombre, ni la mujer de edad: nadie. Se veian los asientos, viejos y carcomidos; todo era alli viejo, deslucido, destrozado.

Lleno de terror dio un paso atras, y en seguida volvio a la parte trasera del coche y miro la patente; en ella se leia, con caracteres negros en fondo blanco: Mendoza 1924. Entonces, como en un desvanecimiento, confirmo que ciertos detalles (que ya habia observado en el estilo y la linea del coche) se habian acentuado, y que se trataba de un modelo de, por lo menos, treinta años atras.

Huyo. Sintiendo el redoble de su corazon atemorizado, Raul Montes huyo, simplemente. El viento frio le daba en la cara, pero el no lo sentia. El pavor estaba atras, en ese lugar del camino hacia el cual no se atrevia a volver la vista...

Cuando paso ante las primeras casa raleadas, se detuvo. Estaba empapado de sudor. Miro entonces hacia atras: a lo largo del camino oscuro, nada se veia.

"Dios mio", murmuro. Se seco el sudor de la frente con mano temblorosa. Sus piernas estaban blandas, como ajenas.

Vio una puerta con luz: un almacen. Hacia alli se dirigio.

El negocio era de lo que se dice de mala muerte. Era, despues de todo, un refugio. Almacen y Bar, rezaba el letrero. Al empujar la puerta, sono un timbre que lo sobresalto. El almacenero estaba solo, acodado al mostrador sucio y despintado. En un rincon habia una mesita y una silla de paja. Raul Montes ocupo el lugar y el almacenero se aproximo.

-Buenas noches.

-Buenas noches señor..frio eh?

Raul Montes fijo su mirada en un reloj enorme que colgaba en la pared, sobre una puerta: las once. Los oidos le silbaban.

-Anda bien ese reloj? -pregunto al dueño del negocio.

-Si señor, por lo menos...habra quiza alguna diferencia de cinco minutos, pero nada mas.

Solo entonces se atrevio a consultar su reloj. Este marcaba las once y cinco.

-Un cafe bien caliente.

Intenta tamborilear con los dedos en la mesa, pero lo que se produce es un temblar de toda su mano. Repetidos e incontrolables escalofrioslo recorren entero.

-Bueno, la noche no es para menos -comenta el almacenero, y agrega, solicito: -Quiere que le sirva algo fuerte con el cafe?

-Bueno, -acepta Raul Montes-. Una ginebra.

(Revista El Hogar, BS AS, 17 de Agosto 1956)

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